domingo, 7 de junio de 2015




En otro trabajo me preguntaba cuándo comprendíamos que empezamos a envejecer. Ahora me pregunto ¿Qué sentimos en ese momento en que comprendemos que estamos viejos?
Yo percibí algunas señales que me decían que ya era una persona adulta. En una ocasión iba con una chica con la cual conviví algún tiempo y un chico dijo: ¡Qué preciosa, suegro me la cuida! Eso me molestó, realmente me ardió y hasta ahora comprendo el por qué de esa reacción. Tenía yo 36 años.

Años después jugaba buchácaras con un amigo, quien también era mi alumno, y un amigo de él. Y le había ganado a mi alumno 3 juegos por 1, luego le gané a su compañero 3 por 0. Mi alumno malhumorado arrebató el taco al compañero y exclamó: “Trae acá ese taco, este viejo pendejo y medio ciego no nos va a “corretear”. Tenía entonces 50 años.

Siempre tuve la perspicacia para establecer con bastante acierto la edad de una persona, pero llegó un momento en que no podía hacerlo, sobretodo con los adultos cercanos a mi edad. Pero cuando solicitaban mis servicios, en mi trabajo, me decían: “Tío, esto – Tío, lo otro”. Todo eso poco a poco me fue inculcando la idea de que estaba viejo. Además, estaban mis nietos que a cada instante me soltaban frases como estas: “Abuelo, alguna vez tú…” o “Abuelo, cuando tú eras…” 

Con el permiso de los sociólogos, me aventuro a opinar lo siguiente: en el recorrido que se hace desde el momento en que impresionamos a la pareja hasta el momento en que nos acostamos en la cama, el punto más culminante, a excepción del clímax, es desvestirse o desvestirla. Por eso digo que vestir bien es un acto sexual. Cuando nos “empaquetamos” bien, solo alistamos la nasa para ir de pesca.

Pero cuando ya nos sentimos viejos, pasamos por alto muchos detalles que antes era imperdonable olvidarlos. Por ejemplo, recuerdo uno en especial: ir en un bus con una bolsa de pan o de frutas en la mano, era como llevar un letrero que dijera “¡Ojo, es casado!” y otros detalles como estos que desencadenaban tremendo alboroto y disgustos: el filo del pantalón no estaba bien marcado o, preciso, le faltaba un botón a la única camisa que pegaba con el pantalón elegido. Hay muchísimos más, pero prefiero que usted, amigo lector, le agregue unos cuantos.

En fin, el tiempo me fue pasando y un día llegué a una oficina para saber si me había salido un auxilio oficial que el gobierno otorga a los de la tercera edad. La cola era larguísima, no menos de 800 viejitos. Bueno, y uno más que era yo. Esos son los momentos y circunstancias en que uno comprende muchas cosas de la vida, buenas y malas. En un primer momento me sentí incómodo en esa fila y hasta me dio pena que alguien conocido me viera. Pero mis recientes achaques y mi calvita me convencieron que no estaba en el momento ni en el lugar equivocado.

Recuperado de ese primer impacto, me puse analizar la situación.
En otras ventanillas, para otras gestiones, habían dispuestas 140 sillas y siete personas nada más esperando turno. También había cuatro sillas más aparte, de cuatro puestos cada una. Me dirigí a una niña de las que atienden y le pregunté si podíamos utilizar esas cuatro porque éramos como 200 viejitos de pie y dijo que ella no tenía autoridad, que hablara con el policía. Fui donde el oficial y me dijo que eso ya estaba dispuesto así. Bueno, sin comentario.

Así que me dispuse mejor a sacarle provecho al momento y ahí sí que se pone la cosa interesante. Por ejemplo, los que estaban de pie, de momento, desesperaban por lo lento como se movía la fila. Los que estaban a diez turnos de la ventanilla reían y comentaban cuándo se verían otra vez y algunos dónde se encontrarían. Frente a la ventanilla única de atención había diez filas de sillas por las cuales nos íbamos desplazando de silla en silla. Una anciana comentó: “cuando lleguemos allá tendremos el fundillo raído”.

Como nos movíamos serpenteando por las sillas, pude escuchar muchas conversaciones. Unos hablaban de sus achaques y de cuántas operaciones llevaban ya, otros enfrascados en asuntos políticos, aquel de cómo le iba de bien a los hijos en sus trabajos o a los nietos en los estudios; aquella de que la hija se dejó hacer varios hijos de  ese bueno para nada y ahora a ella le toca ayudarla en todo. En eso, la chica que nos ayudaba a acomodar le tocó el hombro al primero de la fila.

-Señor, su turno.
-¡Ah! ¿Ya llegó el bus? ¡Próxima, déjeme aquí!
Entre los que ya estaban llegando, había uno muy contento y explicaba que él siempre se mantenía así, de buen humor y contento, joven. Se paró y camino a la ventanilla hizo flexiones y lanzó varios puños al aire. Los demás lo miraban asombrados, sonreían y bajaban la cabeza ante tanta demostración de energía. Al momento regresó el señor iracundo porque aún no le había salido nada.
Una señora que comentaba lo urgida que estaba, tuvo que aplazar el turno porque le dieron ganas de orinar. Un señor le preguntaba al compañero:
-¿Esa corredera no tiene dientes?
-No, hoy traje la chapa.
-¡Que te subas el cierre del pantalón, carajo!
Otra señora muy delgadita y que se movía muy ágilmente, tenía la corredera de la falda abierta y se veían los dos nudos con que había amarrado el elástico de la pantaleta.
Una señora le decía a otra mirando hacia el piso: “a ti se te fue la regla hace como 30 años y no te han pagado todavía para decir que te dieron una puñalada ¿Entonces, de dónde te sale tanta sangre por el pie?”
-¡Carajo, se me reventó otra várice!
Un anciano muy avanzado salió de la ventanilla muy contento porque le confirmaron que podía ir a cobrar. Parecía exorcizado por un pastor cristiano.
Otro le decía al compañero: “agarra bien esa bolsa, cuidado se te derrama aquí ese poco de miao”.
La fila no avanzaba porque un señor se quedó dormido. Allá atrás grito otro: “¡Ey, despierta, para eso se ponen a jactar tanta agua panela por la noche!”

Ya muy seriamente comentaré esto: en esas condiciones ya eso no es un auxilio para los viejitos o personas de la tercera edad, eso es una cruel tortura y a veces una vergonzosa burla. Conseguir los pasajes no es tan fácil, subir y bajar del bus y la estadía de pie en la cola es un sacrificio. Eso de pararse de una silla para sentarse en otra aunque no lo crean, es todo un ejercicio y muchas de esas personas no pueden hacerlo y le causan muchos dolores después.
Y una burla porque, después de todo lo anterior, le dicen durante tres o cuatro meses que no hay nada.

Eso es frustrante y causa honda tristeza. El 99% de esas personas estamos enfermos y hace mucho que no producimos, o por lo menos no lo suficiente. Esa es una oportunidad que esperamos con mucha ansiedad.
Siempre nos vamos a sentir incómodos cuando un hijo o un familiar nos regalan algunos billetes. Aunque entendemos que no es una limosna y que nos lo dan con cariño, siempre nos dejará un sabor amargo, porque entre otras cosas, nos recuerda nuestra frustración. En cambio lo otro es diferente, no es porque sea dinero de papá gobierno, es porque, aunque sea en muy pequeña proporción, sentimos que eso nos corresponde por muy humilde que hayamos sido. El echo de llegar a viejo ya es un aporte a nuestra sociedad, también lo son los hijos que aportamos y que ahora trabajan, ayudando al desarrollo de la ciudad.
¿Quien quita que ese magnate de nuestra ciudad lo es porque cuando niño, un reciclador recogió a tiempo de la esquina de su barrio, la basura donde se estaba criando la mosca que le causaría una enfermedad mortal?

Ahora bien ¿Se puede corregir eso? Claro que sí, si ellos quisieran. Ese listado que la señorita consulta en el computador cuando nos pide la cédula, bien puede imprimirla y sacarle copias y enviarla a los medios de comunicación, estoy seguro que ninguno de esos medios cobraría un peso a la alcaldía.

A esos funcionarios quiero recordarles que es muy cierto eso de que “plátano maduro no vuelve a verde”, pero también es verdad que si a ellos les va bien, ahorita empiezan a ponerse amarillos.

Quizás hoy amanecí trágico. No es que ser viejo sea una desgracia, pero son más los sinsabores que las alegrías que nos depara la vida. Por ejemplo, a medida que pasan los días vemos que inexorablemente nos acercamos a un rincón del “cuarto de San Alejo”, o sea, nos vamos quedando solos. Cuando estamos en una reunión con personas jóvenes vemos cómo se apartan de nuestro lado, pues parece que nuestra conversación los aburre y si logramos captar su atención, entonces resultamos ser tercos o con conceptos arcaicos.


FIN

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